YO TAMBIÉN TUVE MIEDO

Cuando entré a primer grado de primaria aprendí a leer muy rápido, en tres meses lo hacía “de corrido”, mientras algunas de mis compañeritas aún silabeaban. Así que mi maestra, Dulce María Valverde (aún no era “de Garro”), una mujer extraordinaria y respetuosa, me enviaba a la biblioteca para que avanzara a mi ritmo, y no le amotinara la clase.

Para cuando terminó el año había leído todos los libros adecuados para mi edad, así que en las vacaciones “asalté” la biblioteca de mi abuela, donde descubrí un mundo de literatura universal y nacional: todos los libros que mis seis tías y tres tíos habían leído durante sus años de secundaria. Me tomó algún tiempo devorarlos, pues tuve que hacer uso del diccionario para poder tener comprensión de sus contenidos.

Desafortunadamente el edifico de primaria fue vendido y fui trasladada a otro colegio. Sin embargo ahí encontré un mundo más amplio y valiosas amistades que aún conservo, pues ese grupo de kinder y primer grado, nos trasladamos casi intacto.

Una mañana, cuando cursaba el cuarto grado de primaria, la monja que daba la clase de español nos pidió que escribiéramos una poesía. Se trataba de un tema libre, así que le dediqué tiempo a mis temas favoritos: la naturaleza, mezclando conceptos con la mitología griega y romana, tradiciones que habían cautivado mi imaginación.

Llegado el momento de la revisión, la sorpresa de la monja fue muy grande, tanto que no lo aceptó. En su mundo pequeño no pudo entender que una niña tan pequeña pudiera acumular una cultura general mayor que la de ella. La estructura de la poesía no es buena, pero los conceptos expresados le parecieron inmanejables para su educación básica y dijo que “yo no lo había escrito”. Me acusó de plagio, una palabra que yo aún no conocía y, sin tiempo para consultar mi mejor amigo, el diccionario, no supe cómo actuar en mi defensa. Luego alegó que “Oda” se escribía con hache, en ese instante comencé a dudar de su capacidad para enseñar español.

Para terminar de mostrar su ignorancia, de inmediato elogió a una compañera que escribió de memoria un soneto de Bécquer… Cuando se lo hice ver, su inseguridad la llevó a humillarme delante de mis compañeras, con amenazas de acusaciones penales por el supuesto plagio, eso tan terrible e  ilegal que yo había hecho, y que no lograba entender a qué se refería. Lo que sí entendí fue su ira y su agresividad. Aquella enorme mole con el hábito café, se bamboleaba sobre mí de manera aterradora.

Aunque no comprendí todas las palabras que me lanzó, el daño emocional estaba hecho: una adulta que me doblaba la estatura, me echó sus casi trescientas libras de frustración encima y a mis nueve años instaló en mi sistema el miedo al ataque y a la humillación.

Tuvieron que pasar décadas para darme cuenta de que, a pesar de esa terrible experiencia para una niña tan pequeña, nunca dejé de escribir. Eso sí, escondía todo, lo tenía con llave, porque el miedo estaba ahí, pero mi naturaleza fue más fuerte que ese momento vivido con esa pobre y terrible mujer.

Un buen día descubrí, hace algunos años, que tengo veintinueve novelas en mi computadora, varios libros de poesía, cuento, y esbozos de narraciones.

Aunque le dejé espacio al miedo por muchos años, tan pronto me di cuenta de que se trataba de eso, me puse en acción: decidí quitarle el poder a ese pobre ser humano, capaz de infligir un daño semejante a seres que apenas están despertando, y me adueñé del resto de mi vida.

Ahora estoy terminando la última revisión de la primera novela que voy a publicar, aunque la escribí hace muchos años, casi termino la corrección de una segunda y avanzo con la tercera; dos libros de cuentos y algunos micro relatos. ¿Demasiado?  Tal vez, pero esa es la venganza más dulce: dedicarme a lo que amo, a crear mundos, a reflejar esta realidad maravillosa que nos rodea, sin regalar ni un minuto más a un mal recuerdo ni ceder otro milímetro al miedo; enfocar cada segundo a ser lo que soy, a ser lo que quiero ser, a lo que me da felicidad.

Comparto este capítulo tan guardado de mi vida, esperando que decidás iluminar uno de tus lugares oscuros, donde alguien quiso apagarte la luz.

Sylvia Rodrigos

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